Cuando Europa despertó, el dinosaurio todavía seguía allí

Tras el baño de pesimismo de la anterior entrega, en esta ocasión voy a tratar de romper una lanza (o las que sean) en favor del brillante futuro de Europa. Aunque, como el lector ya habrá deducido por el título, antes de alcanzarlo, nuestra organización de Estados debe despertar y sacarse las legañas de los ojos. No es exactamente que estemos dormidos, al menos no del todo, pero da la impresión de que seguimos soñando en términos nacionales: los alemanes fantasean con un futuro alemán, los franceses con uno francés y los españoles con uno español. Y eso no tiene pinta de que vaya a funcionar.

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Contra el nacionalismo

Primero porque por separado no logramos las dimensiones de un mercado lo suficientemente grande como para que nuestras empresas alcancen una dimensión crítica que les permita competir en un mundo compartimentado. No podremos medirnos con India, China o Estados Unidos, que tienen mercados domésticos descomunales. Segundo, porque somos un continente envejecido, con las poblaciones autóctonas en retroceso y con la enorme necesidad de revertir una tendencia que nos llevará a sociedades menos innovadoras y con una mayor aversión al riesgo. Y, tercero, porque algunos de nuestros rivales en la arena geopolítica actual no tienen problema alguno en recurrir a soluciones militares. La potencia combinada y coordinada de los ejércitos europeos sería una amenaza mucho más creíble y disuasoria que la de cada uno de ellos por separado. Sin contar con que, si los Estados europeos optamos por la desunión, le estaremos haciendo el trabajo a quienes nos quieren débiles y manejables, como Estados Unidos o Rusia.

Dicho esto, si logramos despertarnos y actuar de forma coordinada, nuestra Unión aún posee cartas en la baraja que pueden formar una mano ganadora.

Si los Estados europeos optamos por la desunión, le estaremos haciendo el trabajo a quienes nos quieren débiles y manejables, como Estados Unidos o Rusia
El orden policéntrico en el que nos estamos adentrando utiliza unas cuantas fuerzas básicas que actúan como atractoras o repulsoras respecto a los nuevos hegemones: la fuerza militar, el control de materias primas y tecnologías críticas, la variedad y capacidad de las empresas nacionales y la naturaleza iliberal o no de los regímenes de gobierno. En el actual esquema de funcionamiento mundial, los nexos de la red piensan más en términos de vasallaje que en términos de aliados. Y esa es una ventaja a explotar por parte de la UE. Estados Unidos, China o Rusia parecen entender las relaciones internacionales como un juego de suma cero en el que ellos siempre deben ganar a costa del resto. La UE puede ofrecer un entorno de relación más equilibrado y predecible en el que desarrollar relaciones comerciales mutuamente beneficiosas.

Hacia el Este

La UE, de hecho, sigue siendo percibida como un área en la que las reglas importan y se cumplen. No en vano, la nómina de Estados candidatos no deja de crecer. Y uno de los principales impulsores del deseo de pertenencia está siendo precisamente la actitud de Rusia. Los Estados europeos que en el pasado pertenecieron a la órbita soviética están llamando a las puertas de la UE. La Unión lleva años ampliándose hacia el este. Y ya ha llegado a las fronteras de Rusia que, en lugar de reaccionar atrayendo a esos países a un espacio de desarrollo común, los intenta someter a través de gobiernos títeres o con presiones militares. Y, en el extremo, invasiones, como pueden acreditar Ucrania o Georgia –donde Rusia intervino en apoyo de las regiones separatistas de Abjasia y Osetia del Sur–. Actualmente, los Balcanes, Moldavia y Ucrania llaman a las puertas de la organización.

La cornisa ártica

Además, Islandia y Noruega, que durante años se negaron a una adhesión que pusiera en peligro sus sectores pesquero y energético, hoy se replantean de nuevo la cuestión bajo el prisma de una mayor garantía de defensa, dado el cariz que están tomando la amenaza rusa y el desprecio estadounidense. Una hipotética entrada en la Unión de ambos países dotaría a la organización de una fachada ártica más extensa, justo en el momento en el que esa zona se está convirtiendo en uno de los terrenos de juego geopolítico de mayor relevancia a escala global.

También en el Cáucaso sur algunos países antes cercanos a la URSS o a la propia Rusia están volviendo sus ojos hacia la UE como alternativa al puño de hierro del oso ruso. Tanto Georgia como Armenia están virando sus intereses geopolíticos y comerciales hacia Bruselas, mucho más atractiva que su belicoso vecino del norte.

Otras oportunidades

En los últimos años, las monarquías del Golfo competían entre ellas para atraer expatriados adinerados que contribuyeran a diversificar sus economías y a expandir su sector turístico. El conflicto bélico en Irán y la expectativa de un futuro en el que los roces entre Israel y algunos de los países del entorno vayan a ser una constante –la deriva ultranacionalista israelí no parece encontrar límite– pueden generar una oportunidad de atracción de talento y capitales para una UE estable y próspera. Muchos de esos expatriados podrían preferir recalar en nuestras fronteras, a pesar de los impuestos, bastante más tranquilas a priori que las del Próximo Oriente. Incluso, no sería descabellado plantearse atraer talento israelí que se sienta constreñido por una sociedad cada vez más intolerante, insegura y menos laica –lo que, a su vez, exige de nosotros sociedades abiertas y tolerantes–.

Finalmente, la propia necesidad de reorganizar nuestra defensa tras la pérdida del paraguas estadounidense deberíamos convertirla en una oportunidad para cohesionar nuestras estructuras políticas, económicas y militares. Aunque, para ello, primero hay que despertar del todo. Para que dejemos de ver al dinosaurio.

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