El armagedón de la IA y lo que realmente importa

A veces a uno le cuesta mantenerse optimista con todo lo que sucede a su alrededor. Ves gente muriendo de hambre otra vez en Somalia; gente muriendo de ébola en República Democrática del Congo; gente muriendo bajo las bombas y los disparos de Israel en Gaza, Cisjordania o Líbano; gente muriendo por los drones en Ucrania o Rusia, y se te cae el alma a los pies.


Tecnología redentora

Te refugias entonces en las páginas de tecnología donde esperas encontrar noticias sobre avances disruptivos que mejoran o mejorarán el bienestar de la gente –de la otra gente, claro–. Y te encuentras un montón de informaciones sobre los peligros desatados por la inteligencia artificial. Modelos que escapan de espacios cerrados de pruebas, o que se envían órdenes para el futuro evitando las directrices humanas. O lees que hay quien está usando los modelos más avanzados de las empresas punteras para el desarrollo de armas biológicas. Eso sin contar la de veces que has podido leer que la IA va a acabar con la mayoría de los empleos de cuello blanco, incluido el tuyo (el mío). Hay que ser muy valiente o muy inocente para que no se te tuerza al menos levemente la comisura de los labios y se te venga a la mente eso de «madremíadelamorhermoso». Todo seguido, sin pausas para respirar, que es como tiene que sonar una expresión como esa.

Luego lees que un grupo de los principales magnates de la IA coinciden en señalar que tal vez habría que ralentizar el desarrollo de los modelos de frontera. Curiosamente, dos de ellos comandan sendas empresas que están en la primera línea de fuego del sector, con los modelos más avanzados y con planes para una próxima salida a bolsa. Por supuesto, junto a ellos, o mejor dicho enfrente, contamos con otros magnates que van con algo de retraso en la batalla y son el propio presidente estadounidense que, fiel a su estilo, se plantea el asunto como una carrera en la que hay que vencer a China por todos los medios. Una postura que China comparte; la de no frenar, claro.

No es lo que parece

Y, a lo mejor, uno comienza a plantearse que puede que las cosas no sean lo que parecen. A ver, la IA tiene un poder transformador brutal sobre la forma en la que nos relacionamos, trabajamos, investigamos y desarrollamos. Puede que incluso más que el Internet. Pero a lo mejor se nos ha ido la olla un poco de más y le estamos asignando una capacidad que va más allá de la realidad, o estamos adelantando demasiado los plazos para alcanzar la inteligencia general. Los humanos solemos entusiasmarnos con nuevos sectores económicos y, cuando eso sucede, tendemos a sobredimensionar nuestras expectativas (pasó con las posibilidades de comercio de Inglaterra con las posesiones españolas en América, con el ferrocarril en Estados Unidos o, más recientemente, con el advenimiento de Internet). Tenemos una elevada propensión a la burbuja. Y casi siempre el mantra que nos hace minusvalorar la historia es el «esta vez es distinto».

Así que, ¿podría ser que precisamente los jefes de la IA más avanzada sean conscientes de que las expectativas están demasiado lejos de la realidad actual o de la verdadera velocidad de avance de la tecnología? ¿Podría ser que necesiten seguir atrayendo inversión durante más tiempo y que, si se convirtieran pronto en sociedades cotizadas, tendrían que comenzar a dar beneficios demasiado pronto?

No en vano esto está pasando en un momento en el que los rendimientos de la deuda pública se están disparando y los tipos de referencia de los bancos centrales están sufriendo presiones al alza por culpa de la inflación. Eso implica que ellos tendrán que pagar más intereses por el dinero que están pidiendo para el desarrollo del sector. Además, unos tipos más elevados significan unos beneficios futuros menos valiosos en el presente, ya que se utiliza un tipo de actualización mayor. Corren el riesgo de que, si no frenan las expectativas ahora, luego sea ya demasiado tarde y que se acreciente el poder destructor de un potencial estallido de la burbuja cuando las expectativas se ajusten de golpe desde un punto mucho más elevado.
Y entiendes por fin qué es lo realmente importante…
Así que uno se relaja un poco. Además, cae en la cuenta de que sigues haciendo muchas cosas mucho mejor que la IA que te hace de copiloto en la oficina, y que eres capaz de ver relaciones que ella no (al menos de momento). Y también te das cuenta de que el estallido de las puntocom terminó siendo un acicate para el desarrollo de Internet, ya que muchos de los carísimos activos creados para su infraestructura pudieron ser comprados a precio de derribo permitiendo un renacimiento del sector con costes de operación más bajos. Y de pronto piensas que, aunque la IA vaya a destruir muchos empleos, en todo occidente estamos a punto de jubilarnos la generación del baby boom por lo que tal vez no sea tan traumático para las economías como lo hubiera sido hace 20 o 30 años.

Y te tranquilizas. No es el fin del mundo, te dices. Y entonces vuelves a pensar en todos los que están muriendo en el mundo por razones perfectamente evitables. Y entiendes por fin qué es lo realmente importante…

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