sábado, octubre 16, 2010

El fetiche del crecimiento, de Steve Hamilton

Bueno, al final lo he terminado. Me ha llevado más tiempo de lo pensado porque en los últimos capítulos me ha aburrido un poco. El texto es un manifiesto anticapitalista, aunque posiblemente tendría que decir más apropiadamente anticonsumista. Hamilton señala con acierto las debilidades del sistema bajo el que se desenvuelve la mayor parte de la economía mundial. Si tenemos en cuenta, además, que lo escribió antes de que se produjera la gran crisis financiera internacional, hay que quitarse el sombrero con su capacidad deductiva y predictiva.
Los ataques, como digo, van casi todos justo a la línea de flotación del sistema. La primera víctima de su andanada es el uso como sinónimos de desarrollo y crecimiento. El crecimiento no siempre significa aumento del bienestar y del desarrollo. Es más, en muchas ocasiones, las pérdidas sociales generadas por una determinada actividad son mayores que los beneficios privados contabilizados. Así, poner como centro del debate y como objetivo principal el crecimiento del PIB, por encima de la mejora del bienestar de los individuos es una contradicción en todos sus términos. Al menos, a partir de determinados niveles de riqueza económica (y para demostrarlo no duda en ahondar en el concepto de felicidad).
Continúa Hamilton su ataque con el consumismo inducido por el crecimiento. Si el objetivo es aumentar el PIB, hay que producir cada vez más y eso implica que los "consumidores" deben serlo también cada vez más. Para promocionar el consumo, a veces absolutamente superfluo, las empresas gastan ingentes cantidades de dinero en la adquisición de recursos de marketing, produciéndose un claro derroche de recursos y creatividad en actividades que buscan diferenciar productos que en realidad son ideferenciables.
Sigue con el control de la política por parte del mundo económico y la simbiosis de intereses que se produce entre uno y otro, de forma que las democracias se ven amenazadas por el poder creciente de las compañías y de los mercados –y dice esto sin haber visto los cambios en las políticas europeas de los últimos meses telegrafiadas desde los mismos mercados que provocaron la debacle–.
Finalmente, pero no menos importante, aborda el problema medioambiental y la absoluta indiferencia con la que hoy se están esquilmando unos recursos que no tienen repuesto. Usando los conceptos de huella ecológica y entrando en el debate del cambio climático, señala algo con lo que estoy absolutamente de acuerdo: el mundo y su capacidad de regenerarse son finitos.
Las conclusiones son varias, entre otras (y es de lo primero que sale en el libro) es que ni el capitalismo financiero, ni la ideología neoclásica nos permitirán alcanzar un grado de satisfacción real, pero tampoco lo hará la tercera vía de la izquierda, por el mero hecho de que unos y otros han adoptado sin reparos el fetiche del crecimiento. La solución es la sociedad poscrecimiento, una sociedad estacionaria desde el punto de vista de la economía tradicional (incluso desde la perspectiva demográfica), pero en la que los humanos nos sintamos más realizados como individuos. En su análisis pone ejemplos y señala algunas tendencias que indican por dónde podría ir el camino: menos horas de trabajo, menos dinero gastado en marketing y publicidad, más actividades con sentido (con sentido de finalidad) y una sociedad más solidaria y mucho más democrática.
¿Ilusiones? Tal vez. Pero reconozco que aunque no termino de encontrarle todo el sentido a la letra (posiblemente no contaba con el papel de Internet y el poder de las personas organizadas en torno a redes sociales de diversa índole), la música me encanta.

viernes, octubre 15, 2010

Chile, más allá de la mina

Este es un artículo que me han pedido desde el Diario de Almería y que debería publicarse el próximo fin de semana. No estoy demasiado orgulloso de él, particularmente, el final me ha salido demasiado abrupto, aunque en mi descargo debo decir que había una restricción de espacio (que me he saltado como siempre) y las secuelas de una terrible noche de resfriado con toses y desvelos varios.


Hace 12 años, siendo presidente de la Cámara de Comercio Cosentino, tuve la oportunidad de realizar un viaje de prospección al país andino. Recorrimos la mitad norte de Chile, desde la Región de Arica hasta el BioBio, pasando por la propia Arica, Iquique, Antofagasta, Santiago y, finalmente, Concepción.
Chile entonces era interesante (aparte de por sus enormes recursos mineros y su industria pesquera) porque daba cabida a una de las agriculturas más avanzadas del subcontinente, la única que podía alegar que había logrado triunfar contra la mosca de la fruta y que, por tanto, tenía un acceso más sencillo en el enorme mercado estadounidense.
Otra de las ventajas del país era su situación estratégica, sirviendo de puente de unión entre los grandes gigantes de la zona: Brasil y Argentina, con la zona andina. Estas características (a las que había que sumar una creciente estabilidad política) lo hacían un candidato interesante para recibir inversiones y ofrecer un mercado a los productos almerienses (sobre todo a los de la industria auxiliar). Particularmente esto era así con respecto a su extremo norte en el que por aquel entonces se estaba desarrollando una agricultura de primor similar a la nuestra, aunque en un estado de desarrollo tecnológico y de manejo bastante más atrasado.
De aquel viaje surgieron algunas iniciativas que jugaban con la frontera entre Chile y Perú, país que había ofrecido incluso suelo en la Quebrada de Hospicio. Aunque casi todo se vino abajo cuando el juez Garzón emitió la orden de busca y captura contra el exdictador chileno, Augusto Pinochet, congelando los proyectos y las relaciones.
Hoy, las cosas han cambiado. El eje de desarrollo económico ha pivotado claramente hacia Brasil que actualmente juega en la liga de los países emergentes. Pero Chile, ahora un poco más desenfocado, sigue ofreciendo grandes oportunidades. La estabilidad sigue siendo mucha, el desarrollo de sus infraestructuras ha avanzado bastante y su economía ha seguido registrando interesantes tasas de crecimiento. Incluso sigue siendo un país de fiar (está mejor situado que España en el último cálculo del Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional), y mantiene una situación estratégica muy favorable, que aumentará varios enteros el día que esté finalizada la Carretera Interoceánica entre Brasil y Perú.
Construcción, transporte, industria auxiliar y consultoría agraria y bienes de equipo se perfilan como los sectores que más oportunidades tienen hoy en aquel lejano mercado; también la inversión directa en diversos sectores son factores a tener en cuenta. La cercanía cultural, unos sectores productivos coincidentes y la experiencia acumulada por las empresas españolas en la zona nos ponen en franca ventaja con respecto a las empresas de otros orígenes.

lunes, octubre 11, 2010

La guerra de las divisas

Guerra de divisas. Éste podría ser el resumen de lo acontecido en el mundo económico en el último trimestre. La debilidad del crecimiento vuelve a apoderarse de la economía estadounidense, al tiempo que en Europa sólo Alemania es capaz de tirar del carro, y Japón se ve obligado a recurrir al enésimo plan antideflación. La incapacidad de unas demandas internas sobre endeudadas en los países desarrollados y el juego tramposo de China, para favorecer sus exportaciones, está tensando demasiado la cuerda de los equilibrios internacionales.

Los perdedores de la crisis (EE.UU. y el resto de los hasta ahora países punteros) se dan cuenta de que necesitan de las demandas de los demás para recuperar el tono de su actividad –y de paso, su capacidad para devolver sus propias deudas–. China hace como que los escucha y revalúa el yuan. Pero no lo suficiente y demasiado despacio. Y es que China teme a sus propios fantasmas. La probabilidad de burbuja en muchos de sus mercados es cada día más evidente y dejar flotar la moneda es un ejercicio de libertad al que no están dispuestos a jugar, sobre todo si la inflación no se ve como un problema grave y el crecimiento se logra mediante la movilización de recursos ociosos (mano de obra y naturaleza).

Sin embargo, el problema de EE. UU. también lo es de China, al ser ésta una de las principales compradoras de deuda estadounidense. Al haber colocado sus ahorros en la deuda soberana de los países desarrollados, los emergentes han unido sus destinos a los de éstos. Una situación de deflación de activos financieros como la actual no conviene a los acreedores, ya que minusvalora su capacidad de compra futura y pone en riesgo la recuperación de sus inversiones.

El FMI ha entendido que hay un problema en ciernes en este asunto y se ha propuesto intermediar (aunque no está clara su capacidad de influencia frente a China), siendo lo más probable que poco a poco el yuan vaya ganando valor; seguramente más despacio de lo que quisieran los estadounidenses y a la velocidad que los chinos estimen conveniente para su economía. Un repunte del proteccionismo, o una guerra de devaluaciones competitivas serían un camino más rápido y posiblemente más electoralista, pero a medio plazo también más doloroso, ya que el juego de redes y conexiones en el que se ha convertido la economía mundial nos sumiría en una crisis de confianza de la que sería muy costoso y procesolo escapar.