jueves, septiembre 29, 2011

Líderes, jefes y jefezuelos



Hace unos días mantenía una conversación en una conocida red social sobre si el líder se nace o se hace. Obviando el concepto deportivo, en el que el líder es el que va a la cabeza de la clasificación, en el ámbito social y empresarial los líderes no lo son por rango, sino por designación del resto del grupo.

Parece una simpleza. Sin embargo, muchos jefes se consideran líderes porque simplemente tienen mando. El mando es una categoría que se obtiene por delegación de otros que tienen más mando que tú o por la existencia de una razón de propiedad. Sin embargo, aún cuando este mando pueda conllevar la obediencia de los subordinados, no implica la consideración ni el respeto que se le tienen a un líder.

El líder puede no tener mando desde el punto de vista del organigrama organizacional, pero el resto de compañeros le obedecen. O buscan su aprobación. ¿Cómo se configura este respeto? No soy experto en la materia, ni pretendo serlo, voy a hablar desde la observación de la realidad y la experiencia. Los líderes que he conocido y reconocido han tenido siempre una mezcla de cualidades que van desde el conocimiento (bien sea general, bien sea concreto), la empatía y la autoexigencia. Decían los latinos que la mujer del César, además de serlo, debe parecerlo. No inspira ningún respeto el jefe que utiliza su cargo para establecer un halo de privilegios a su alrededor. O el que exige un compromiso que él no demuestra. O el que muestra un comportamiento despótico. O el que se contradice.  A ese tipo de jefes se les hace caso a regañadientes.

El líder tiene que explicar, tiene que convencer con sus actos y con sus palabras. El líder sabe reconocer sus errores y comprende los anhelos y necesidades de sus compañeros/seguidores/subordinados. En resumen, ser jefe no es lo mismo que ser un líder. Pero el líder es (aunque no lo sea formalmente) el verdadero jefe.

viernes, septiembre 23, 2011

Patada a seguir

Foto anaroseada de El Norte de Castilla
El pasado lunes escribí este articulillo para el diario El Economista. Tenía pensado esperar a que ellos lo pusieran en la red antes de colgarlo aquí, pero es que los acontecimientos me lo están dejando viejo. Y pensar que cuando lo escribí pensé que me había pasado de pesimista...

Grecia se desangra pagando unos intereses que posiblemente no podrá soportar su economía, pues necesitaría unos ritmos de crecimiento similar al de las economías emergentes. Se le exigen más recortes fiscales, y patada a seguir. EEUU le pide a la UE que apruebe programas de estímulo y que solucione deprisa lo de Grecia; se le dice que se meta en sus asuntos, se manda la Troica a Atenas, y patada a seguir. A veces tengo la impresión de que los responsables políticos y económicos de Europa se están comportando como malos entrenadores. Lo importante es que el balón siga en juego, independientemente del estado de los jugadores o del propio terreno. Para ello se arbitran soluciones parciales, para salir del paso, y se da una nueva patada a la pelota con la esperanza de que cuando vuelva a caer al suelo el campo ya esté en condiciones y los jugadores se hayan transmutado en Mesis para meter un gol estratosférico. Sin embargo, los tiempos en los que los deseos se hacían realidad ya no existen. La crisis nos ha devuelto de forma cruel y contundente a la realidad, y ahora nos enfrentamos a problemas que no entienden de retrasos, ni de rodeos, ni de patadas a seguir. Sobre la mesa tenemos la insostenibilidad de la situación griega, el peligro cierto de la desestabilización del euro y el posible contagio hacia economías centrales de la Unión, como son España e Italia. Problemas todos relacionados y que podrían presentarse en forma de escalera de naipes. Ante una situación como esta se espera de los líderes actúen. Se espera que se armen de valor, que hagan balance de la situación, que propongan soluciones factibles y que convenzan a todos de que ese es el camino a seguir. Líderes que transmitan confianza, que parezcan seguros de lo que hacen y de lo que dicen. Por desgracia tampoco tenemos hoy en Europa personalidades de ese calibre. Así que nos tenemos que conformar con estrategias dilatorias y con soluciones en las que nadie cree. Y mientras el balón sigue milagrosamente en el aire, el césped del campo se seca, los jugadores se lesionan y los árbitros se echan a dormir… Ya caerá el balón.

viernes, septiembre 16, 2011

Ni soy periférico ni lo quiero ser

El otro día, Paul Krugman le echaba un capote a la economía española. Desde esta web he insistido en otras ocasiones que no nos merecemos tanto castigo por parte de los mercados. Hoy retomo mi cruzada en favor de la economía española desde el campo de la semántica.
Cuando comenzaron los problemas nos llamaron PIIGS (gracioso acrónimo que significa cerdos, a la vez que Portugal, Italia, Irlanda, Grecia y España), y ahora nos dicen periféricos. Aunque esto último es cierto, no somos menos periféricos que Gran Bretaña o Suecia, que también se sitúan geográficamente en la periferia. Pero es que tampoco vale una acepción que recurra a la metáfora del peso económico. Las producciones combinadas de España e Italia no son precisamente marginales para la Unión. El descalabro de cualquiera de ellos tendría consecuencias de terremoto para la Eurozona o para la subsistencia de la propia moneda común.
La cuestión es que un gestor de fondos se lo pensará dos veces antes de invertir en deuda de unos países considerados cerdos, o periféricos (que suena como países de chichinabo). Aunque él como profesional sea capaz de vislumbrar el riesgo de impago real, pensará que sus impositores no estarán contentos si escuchan que están ligeramente expuestos a los cerdos. Tenderá a deshacer posiciones.
Dice José Carlos Díez que la codicia de los agentes siempre puede más que el riesgo. No le fata razón, pero siempre hay un momento en el que la codicia deja su lugar al pánico y entonces no hay promesa que pueda parar la sangría.
Las palabras son neutrales en origen, cadenas de fonemas tan sólo; son los significados los que resultan dañinos, dolorosos, injuriantes o todo lo contrario. Si nosotros somos los primeros que nos autocalificamos como periférico, que no nos extrañe que los mercados nos ninguneen. En momentos en los que la sensibilidad está a flor de piel deberíamos esforzarnos en ser cuidadosos, sobre todo cuando se trata de adjetivos calificativos.

martes, septiembre 13, 2011

La crisis hídrica


No, no me he vuelto loco, aún… Esta crisis está resultando mucho más difícil de superar de lo que nos imaginábamos. Es como una hidra. En cuanto le cortamos una cabeza, se le reproduce otra. Primero fueron las hipotecas subprime y su rastro de basura financiera en los balances bancarios de todo el mundo. Luego, una vez rescatados los bancos con dinero público y transmutado el problema de la deuda privada en otro de deuda pública y una vez invertidos miles de millones de euros en programas de estímulo de las economías, nos encontramos con una nueva cabeza, esta vez en Europa, y de la mano de las mentiras de Grecia y su potencial papel desestabilizador de toda la Zona Euro.
Por mucho que la experiencia griega no contradice su pasado de bancarrotas, el riesgo actual es el contagio de su situación a otros países. De un lado, los que tienen problemas de exceso de déficit (es un decir, porque para déficit fiscal el de Estados Unidos), que van a ver encarecido su acceso al crédito internacional: España, Italia, Portugal, Irlanda, Bélgica (¿suma y sigue?). Pero también, de otro lado, los grandes tenedores de deuda griega: los bancos alemanes y franceses. Bancos que ya se vieron envueltos en el affaire subprime y que ahora tendrían que volver a ser rescatados con fondos públicos. Es decir, en el ya casi seguro caso de suspensión de pagos (o quiebra) de Grecia, los daños se extenderían a todo lo largo y ancho de la Unión. Y todo ello en medio de un nuevo credit crunch, ya que los mercados mayoristas de capitales se están secando por días.
Ahora la culpa ya no es de los americanos. La culpa es totalmente europea. Primero, por haber permitido la entrada del dracma en el euro, a sabiendas de la incorrección de las cuentas helenas. Segundo, por haber gestionado de la peor forma posible esta crisis. Los europeos hemos hecho cada uno la guerra por nuestro lado. El peor comportamiento, posiblemente, haya sido el de Alemania, que ha interpretado su papel exclusivamente en términos de su propia política interna. Los resultados han sido desastrosos porque se ha agravado la situación y porque la coalición de gobierno germano ha seguido perdiendo elección tras elección en los landers. Merkel ha querido remedar a la dama de hierro, pero se está quedando en señorita de hojalata. Resulta enternecedor verla ahora pedir paciencia con los griegos a sus conciudadanos, meses después de haber despotricado contra los países vagos y gastadores del Sur. La realidad es que, entre unos, otros y el BCE hemos dejado que la situación llegue al momento actual. Como en las buenas tragedias, a las que tan aficionados eran los antiguos griegos, la sucesión de los hechos desemboca en un momento culminante en el que ya apenas quedan alternativas y cualquier solución es lacrimógena.
Podemos dejar que Grecia entre en barrena y declare una suspensión de pagos, renegociando su deuda en mejores condiciones y con una quita importante. Pero ello debería ir acompañado de un mecanismo de aislamiento para con los demás países en peligro, particularmente España e Italia, cuyo rescate es prácticamente inviable y cuya caída pondría en peligro la continuidad del euro. Podemos seguir inyectando cantidades ingentes de dinero para sanear las cuentas griegas, lo que provocará un aumento sustancial de la deuda del resto de países, y que podría derivar en una guerra abierta entre los países de la Eurozona y los especuladores.  También podríamos expulsar el cáncer del cuerpo, es decir, echar a Grecia del euro, a costa de empobrecer a varias generaciones de griegos, ya que su deuda está denominada en euros y un nuevo dracma quedaría muy devaluado con respecto a la divisa única.
Mis conocimientos y mi imaginación no dan para mucho ahora. Pero el comportamiento de esta crisis me convence de que escapar de ella va a resultar bastante largo (posiblemente no menos de 7 años) y bastante complejo. Esta crisis hídrica tiene el potencial de reproducirse una y otra vez, de mutarse y lo que hoy es una cuestión financiera, mañana puede convertirse en el estallido de una crisis social que ponga patas arriba el mapa  político mundial.

domingo, septiembre 11, 2011

Finanzas y cooperativismo en Aguilar de Campoo

Hace unos meses prometí que comentaría más extensamente la charla que impartí en la Escuela de Economía Social de Aguilar de Campoo. Finalmente cumplo mi palabra, aunque en formato crónica, aprovechando así para cumplir con la petición que me ha realizado el editor de la Revista Navegando, de la Fundación Cajamar. Así que nadie se extrañe al ver mi nombre: no se trata de un exceso de ego, sino de una narración desde el punto de vista de un tercero.

El pasado mes de Julio tuvo lugar una nueva edición de la Escuela de Economía Social que en la forma de Curso de Verano organiza la Universidad de Valladolid. En esta edición la Fundación Cajamar tuvo el honor de ser invitada en la persona del director del Servicio de Estudios, David Uclés, quien presentó la ponencia “Las instituciones financieras de la economía social ante la crisis. En la primera parte de su presentación disertó sobre el origen y las características de la crisis actual que, según sus palabras se caracteriza por ser “global, intensa y asimétrica”. Las dos primeras características son bastante obvias. Por primera vez podemos hablar de una crisis verdaderamente global ya que sus efectos se han dejado sentir a lo largo y ancho de todo el globo. De hecho, el epicentro de la misma hay que buscarlo precisamente en el corazón del mundo económico, en los Estados Unidos y en su sistema financiero, que inventó la forma de transformar basura en activos mercantilizables. Ha sido también muy intensa, como se refleja en el importante retroceso del PB mundial en 2009. Y es también asimétrica, porque ha habido países que han sufrido menos que otros. Y, como novedad, en esta ocasión han sido los países desarrollados los que han sufrido con mayor énfasis el deterioro de la actividad, posiblemente también porque sus economías ya no tienen tanto margen de crecimiento y porque se han convertido en los grandes deudores mundiales, mientras que los emergentes se han dedicado a prestar el dinero para financiar su consumo. Por otro lado, Uclés señaló que las crisis periódicas de origen financiero no son, por desgracia, una novedad y que, además, no son tampoco demasiado originales, ya que en la mayor parte de ellas son perfectamente reconocibles algunos patrones de comportamiento y hasta algunas declaraciones. Galbraith y otros estudiosos de las crisis lo han venido dejando muy claro desde mediados del siglo pasado. En esta ocasión, además, la crisis nos ha enfrentado a algunos de los peores fantasmas de nuestro sistema económico, como son la laxa –cuando no directamente mala– regulación, la falta de ética y valores y la existencia de incentivos perversos que empujaban las burbujas llenándolas de aire. En la segunda parte de su charla, Uclés se refirió al papel central del sistema bancario en esta crisis. Por un lado, la espita de la misma estuvo situado en el sistema estadounidense y en sus tristemente famosas hipotecas subprime, pero del otro lado del charco se encontraban los compradores de aquellos productos. Así que en una primera oleada de la crisis, una parte importante de los grandes bancos tanto a un lado como al otro del Atlántico tuvieron que ser rescatados para evitar el colapso del sistema al completo. Lo que vino después fue el secado casi absoluto del crédito en los mercados internacionales. Los bancos españoles, que no habían sido compradores de títulos basura se vieron entonces arrastrados por el estallido de la burbuja inmobiliaria nacional en el peor momento de los posibles, arrastrando al conjunto de la economía nacional en una espiral de desconfianza y falta de crédito. Nuestros excesos inmobiliarios habían provocado un atracón de crédito en las empresas y las familias que disparó el gap entre los depósitos y los créditos concedidos por el sistema bancario. La digestión de este atracón está pasando por la práctica desaparición de las cajas de ahorro, por una nueva oleada de fusiones y adquisiciones y por una redefinición profunda del sistema bancario nacional. En este escenario es en el que las cooperativas de crédito se alzan con el protagonismo de la financiación social. Serán las únicas supervivientes. Sin embargo son demasiadas y, lo que es peor, demasiado pequeñas para poder competir en condiciones similares a los de la banca. No se trata sólo de economías de escala, sino también de acceso a la tecnología y de posibilidades de ofrecer servicios especializados a las empresas y familias. No obstante, estas características les han permitido capear en mejores condiciones a crisis ya que tenían menos capacidad para endeudarse y acudir a los mercados mayoristas y estaban mayoritariamente especializadas en el sector agro que se muestra menos dañado por los altibajos de la actividad económica. Finalmente Uclés señalaba que las cooperativas de crédito podrían estar en condiciones de llenar el hueco dejado por las cajas de ahorros, al estar bien enraizadas en sus territorios, aunque posiblemente deban ganar dimensión para garantizar su supervivencia a largo plazo.