viernes, junio 29, 2012

La locura y la verdura


Artículo para la columna mensual de El Economista. Jobs, Alejandro Magno y Roig podrían tener algo en común...

El futuro es lo que los visionarios sueñan y los demás sólo gastan al convertirlo en pasado. El mundo avanza gracias a un pequeño grupo de personas geniales que se arriesgan a soñar con alternativas no convencionales y que las intentan llevar a cabo antes de que los demás siquiera hayan comenzado a sospechar que la imposibilidad no es absoluta. Hace unos días leía la biografía de Steve Jobs, el revolucionario (nunca mejor dicho) líder de Apple. Y me vino a la cabeza una posible comparación histórica. Este hombre tenía el mismo temperamento que Alejandro Magno. El macedonio pensó que era posible vencer al todopoderoso rey de Persia, y no sólo lo pensaba, sino que convenció a un grupo de hombres para llevar a cabo dicha aventura. Y lo hizo. Posiblemente estaba algo loco ya que tenía un ego tan grande que quiso inventarse como hijo de un Dios: Amón. Jobs tampoco era normal, antes de imaginar el Macintosh ya estaba fabulando con las posibilidades de las pantallas táctiles, y fue capaz de liderar a un grupo de seres brillantes en pos de una verdadera revolución de la informática. Y no se creía el hijo de un Dios, pero sí que estaba llamado a cambiar el mundo. Tanto Alejandro como Steve lograron sus objetivos, a pesar de ser hombres extraños, hombres que en ocasiones parecían cruzar la fina línea entre la cordura y la locura.
¿Y qué tiene esto que ver con la agricultura? Paciencia, enseguida uno los puntos. A principios de esta semana tuve la oportunidad de que los amigos de Mercadona me explicaran su modelo y la manera en que estaban intentando extenderlo a sus interproveedores. Ellos creen (y uso el verbo creer con total intencionalidad, porque lo que me encontré era una creencia tan poderosa como una religión) que el verdadero jefe es el consumidor, y dedican mucho tiempo y esfuerzo a identificar e interpretar los deseos de ese jefe. Luego hablan con sus interproveedores y juntos piensan la manera de satisfacerlos (al menos ese es el dogma). Ahora quieren llegar un paso más lejos y pretenden que los proveedores de los interproveedores también miren al jefe. Creo que le llaman el proyecto Girasoles. Es decir, en el caso de los productos agrarios, que los agricultores también terminen alineándose para mirar al sol-consumidor con el conjunto de los girasoles de la cadena. A priori y según les escuchaba imaginé que estaban locos, que no entendían la idiosincrasia de los agentes y, mucho menos, la de los agricultores hortofrutícolas, acostumbrados a jugar con los precios diarios, a maximizar su beneficio en golpes de 24 horas. O, al menos, de intentarlo. Pero al poco comencé a pensar que a lo mejor no era tan disparatado, sobre todo a partir de que conocí a su principal suministrador de frutas y hortalizas. Esta empresa no sólo tiene producción propia, sino que llega a acuerdos de campaña con agricultores, con los que programa su producción y a los que adoctrina en la religión de Mercadona del dios-jefe-consumidor.
Es posible que no estén tan locos; a lo mejor eso de que toda la cadena mire al consumidor no es un imposible, y que es factible que los agricultores lleguen a sacrificar su soberanía a la hora de definir las producciones a cambio de información sobre los cambios en los gustos de los consumidores y una estabilidad temporal de precios. A lo mejor, el atreverse a ponerlo en marcha es una manera de romper las inercias históricas del sector. No es sólo el grupo valenciano quien lo intenta, otros agentes menos relevantes del mercado nacional también están comenzando a buscar fórmulas parecidas. Esto está redibujando el mercado de productos primarios en España, dando lugar a un nuevo elemento que es productor y comercializador y que, de momento, impone sus criterios productivos a agricultores con los que firma contratos de suministro por campañas completas (nótese que estas empresas no son cooperativas agrarias en la mayoría de las veces, si no sociedades mercantiles).
A lo mejor es una opción apetecible para muchos en estos tiempos en los que la incertidumbre campa por doquier en el ámbito económico. A lo mejor el hombre que lleva las riendas de Mercadona es un nuevo Jobs dispuesto a inventar el futuro. O, a lo peor, tan sólo es un loco más…

jueves, junio 21, 2012

Euro, punto y final

Este artículo es una petición de la revista Foco Sur en cuya próxima edición saldrá publicado. Se trata de un ejercicio de política-economía ficción, aunque en el caso de ruptura del euro sería muy complicado evitar un pánico bancario (aunque sea corto). Y, si esto sucediera, lo siguiente sería una restricción de reembolsos (el corralito). Vaya por delante que este acontecimiento lo veo improbable porque un escenario como el descrito tiene muchos más perdedores que la propia España y es de suponer que no van a dejar que suceda y que la hipotética reunión de Bruselas acabaría con un acuerdo (más Europa) para salvar la moneda única y a la propia UE.

Euro, punto y final*.

"Hasta avanzadas horas de la madrugada estuvieron los líderes europeos reunidos anoche en Bruselas. El plan era negociar una reforma de la Unión Económica y Monetaria que posibilitara la continuidad del euro como moneda común. Sin embargo, las posiciones se fueron enconando con el transcurso de las horas. Los países intervenidos, comandados por España e Italia, deseaban mantener mayores cuotas de soberanía económica, mientras que el frente acreedor no abandonaba la idea de la tutela efectiva y las contrapartidas fuertes. Finalmente, sucedió lo que nadie deseaba, a excepción de algunos pocos especuladores que esta mañana se han levantado inmensamente ricos: el euro ha estallado por los aires y el proyecto de una Europa unida se enfrenta a la mayor crisis de su historia".

La crónica radiofónica hizo las veces del café. Nunca antes en mis 43 años de vida tuve tan clara conciencia de que vivía momentos históricos, momentos que los libros de de texto de mis nietos reflejarían como un punto de inflexión, tal vez como referencia de un nuevo cambio de Edad o de Era. Y, en esta ocasión, sucedía en primera persona: no caía el muro en Berlín, ni simplemente se hundía el comunismo en la URSS; era el esfuerzo unificador europeo el que estallaba por los aires salpicando de cristales rotos todo el continente. Por fin mi generación se enfrentaba a un verdadero reto. De la misma forma que la de mis padres tuvo que afrontar la transición y la de mis abuelos la dura posguerra, la mía tendría que gestionar el mayor fracaso económico de la historia de España.

De camino al trabajo me fijé en las primeras colas que se formaban en las puertas de los bancos. La gente deseaba hacerse con sus euros antes de que el Gobierno decretase un corralito, como habían anunciado los medios de comunicación más alarmistas. Ya en la oficina el teléfono no dejaba de sonar. Amigos, compañeros, periodistas, familiares... Todo el mundo quería saber. Otra vez la maldición de los economistas, todo el mundo cree que debemos ser capaces de adivinar el comportamiento de las economías sin percatarse de que es tan fácil o difícil como adivinar el comportamiento de un solo individuo. "¿Habrá corralito?" "¿Servirán mis euros?" "¿Aún tendré que seguir pagando mi hipoteca?" Las respuestas debían ser tranquilizadoras: era mi deber contribuir a evitar un pánico bancario.

El gobierno reunió a los líderes de los partidos y ofreció un acuerdo de salvación nacional, pero la oposición exigió elecciones anticipadas. Mientras, las colas en las puertas de las oficinas bancarias seguían creciendo. A media mañana la policía tuvo que tomar las calles para controlar los disturbios que se comenzaban a producir en las filas kilométricas. El ministro de economía pedía tranquilidad a los ciudadanos por todos los medios de comunicación, a través de notas de prensa, entrevistas, tertulias y hasta inserciones publicitarias: "hay un plan alternativo, los euros seguirán siendo de curso legal en España, aunque en breve comenzará a circular las Nuevas Pesetas, con un diseño rompedor, encargado al gran Federico Rijoso, aclamado diseñador nacional". "Los españoles pueden estar tranquilos, sus ahorros están a salvo en sus bancos y el Fondo de Garantía de Depósito amplía su cobertura al 100% del efectivo en las cuentas". "El Gobierno no tiene previsto decretar ningún corralito".

Pero, por desgracia para él, y para todos, los mercados no lo veían tan claro. Ahora la apuesta era la quiebra del Reino de España y la prima de riesgo se elevó por encima de los 1.000 puntos. Y, al borde del medio día, las tres calificadoras comenzaron a clasificar la deuda española como default. Todos esperaban el impago. Y los problemas en las colas de las entidades seguían creciendo. En Barcelona, los antidisturbios tuvieron que intervenir para poner fin al asalto de una sucursal en la que se había agotado el efectivo. El primer muerto llegó 10 minutos después, de un ataque al corazón provocado por la ansiedad. Entonces el Banco de España pidió a las entidades que cerraran sus oficinas al público. Desde La Coruña hasta Almería, el ejército tuvo que ser movilizado para poner freno a las turbas de gente que se habían desahogado con los escaparates de las oficinas bancarias y ahora estaban saqueando las tiendas de comestibles. En apenas unas horas nos habíamos convertido en unos saqueadores. Pasamos del pánico a la furia en muy poco tiempo, pero la desesperanza se adivinaba como el siguiente estado de ánimo nacional.

Mientras, a través de las redes sociales millones de ciudadanos pedían la dimisión del gobierno, y la convocatoria de nuevas elecciones. Otros cientos de miles pedían un gobierno de concentración. Y, algunos miles, firmaban para pedir la reedición de los Pactos de La Moncloa.

Hacia la caída de la tarde el país estaba paralizado, ni siquiera la retransmisión en directo del oro olímpico en baloncesto logró calmar los ánimos. Tras decretarse el estado de excepción, la mayor parte de la gente había regresado a sus hogares, pero la red seguía generando toneladas de bits de indignación. A las 20:00 horas el presidente del Gobierno se dirigió al país en una conexión compartida por todas las emisoras: "desde esta noche, a las cero horas, todos los depósitos, saldos contables, deudas, contratos privados y mercantiles y anotaciones dinerarias cualesquiera, incluidos los títulos negociables de empresas y administraciones públicas deberán redenominarse en nuevas pesetas, cuyo cambio será de 600 nuevas pesetas por cada euro. Para proteger la solvencia de los bancos, las entidades permanecerán cerradas al público durante las próximas 48 horas, obligándose desde este mismo momento a realizar todos los pagos con tarjeta de débito o crédito, o con talones y pagarés. Asimismo, una vez reabiertas las oficinas, no se podrán realizar reintegros mensuales de más de 50.000 nuevas pesetas al mes, al menos hasta que se estabilice la situación. Nos esperan momentos duros, muy duros, y de enormes sacrificios para todos, pero estoy seguro de que los españoles seremos capaces de, en unos pocos lustros, volver a alcanzar el lugar en el mundo que siempre hemos ocupado, porque somos y seremos una gran nación".

Anoche dormí mal, como casi todos los españoles. Al levantarme, me conecté a Internet para comprobar el saldo de mi cuenta corriente, ya en nuevas pesetas: una cifra grande. Pero el nuevo precio del café me hizo considerar que, posiblemente, la cantidad no era tan grande como parecía. He vuelto a caminar hasta la oficina, las calles reflejan aún los rastros de las escaramuzas vividas ayer, aunque me he cruzado con las mismas caras de siempre, sólo que algo más sombrías. El teléfono sigue sonando desde ayer, pero con menor frecuencia, y en los periódicos se puede ver la cara de Gassol con su medalla de oro junto a la del presidente del Gobierno en la última rueda de prensa de la madrugada. Puede que hoy sea una nueva era, pero me ha tocado vivirla, no estudiarla. Y es lo que haré.

*Este es el resultado de un ejercicio literario de economía ficción. La ruptura del euro significaría también, con toda probabilidad, el impago de una parte sustancial de nuestra deuda externa. La devaluación esperable de nuestra nueva moneda haría que muchas empresas con intereses en el exterior o insertadas en cadenas de suministro globales quedaran en una situación muy delicada, a no ser que se estableciera algún mecanismo temporal de doble cambio para evitarlo. No obstante, el efecto más pernicioso no se viviría sólo en España o Italia, sino en el conjunto de Europa. Significaría un frenazo sin precedentes al proceso de unidad europea, incluso podría marcar el punto y final del mismo, dejando abiertas entre los actuales socios unas heridas de muy difícil y lenta cicatrización. Este retroceso condenaría a la vieja Europa a un papel cuasi marginal en el nuevo mapa económico global. La crisis política dentro de España sería otro aspecto delicado. Nuestra actual clase política parece no darse cuenta de la gravedad real de la situación, pero es lógico pensar que ante un escenario tan caótico como el descrito, los partidos terminarían por llegar a acuerdos, si no de gobierno, sí al menos de Estado para transmitir unidad y algo de tranquilidad a la ciudadanía.

miércoles, junio 13, 2012

Estimado Sr. Dívar:

Ante todo quiero darle las gracias personalmente por ayudarme a mantener mi cerebro en forma. Después de ver cómo nuestro políticos compadreaban con promotores y constructores (de obra privada y pública); después de alucinar con las indemnizaciones cobradas por los "pobres banqueros" que han llevado a la ruina instituciones centenarias, después de todo eso pensé que mi capacidad de sorpresa no podría nunca más sobrepasada. Me equivocaba. Usted me ha demostrado que había menospreciado hasta que puntos puede llegar la naturaleza humana, y cómo algo tan valioso como la dignidad puede ser tan ninguneada por alguien que se supone es una Alta Dignidad del Estado. Gracias, le digo, porque una de las mejores maneras de mantener el cerebro vivo es someterlo a un estado continuo de aprendizaje, sacarlo a menudo de la rutina, y usted ha logrado que yo me sorprenda de nuevo y que siga aprendiendo. Todo un detalle de su parte.
Sin embargo, déjeme que le diga, que esperaba algo más de usted. Como jurista estoy seguro que distingue perfectamente entre lo que es legal y lo que es o no es ético. Un comportamiento puede ser legal porque no haya una normativa que lo prohíba expresamente, pero eso no quiere decir que sea ético (en este caso, el suyo ni siquiera es moral). Le recomiendo que visione la magnífica película "Margin Call". Aparte de tener un excelente elenco de actores y actrices, podrá apreciar lo que le digo. Todos ellos se comportan de forma legal, pero a nadie se le escapa que sus acciones son completamente inmorales. La enseñanza que yo saqué de ella es que la ética es necesaria, el motor de las acciones no puede ser sólo el dinero. Cuando eso sucede, los incentivos se pervierten y el resultado es el vaciamiento moral de la sociedad, en primer lugar, y el posterior empobrecimiento material de la misma.
Ya le digo, señor Dívar, que usted le está haciendo un flaco favor al tercer pilar del estado democrático: el poder judicial. Ustedes son los administradores de la justicia, y como los psicólogos del comportamiento están demostrando, nuestra especie tiene un cierto sentido de la justicia que es innato y universal. Comprendo que a usted le parezca una minucia el importe de sus viajes con lo malversado o, directamente, robado por alguno de los encausados por el estamento que usted dirige. El importe es distinto, pero la motivación es la misma: confundir lo que es de todos con lo que es de uno, como si en realidad no fuera de nadie. Moralmente son equivalentes el robo de una farmacia y el robo de un banco, por mucho que los botines sean muy diferentes.
Por tanto, aparte de reiterarle mi agradecimiento, le pido, por favor, que reconsidere su actitud y que dimita. No permita que su natural tendencia a mantenerse en el machito desprestigie a toda una profesión (aunque, ciertamente, ellos mismos se están retratando al no reprobar su comportamiento). En tiempos tan duros como los actuales, en los que cada día se le exigen (no se le piden) sacrificios a la ciudadanía, los poderosos (y usted, no me lo negará, representa a todo un poder) deben dar ejemplo. Su empecinamiento sólo transmite dos cosas: la primera es que usted no tiene la más mínima sensibilidad social y, la segunda, que es usted literalmente un sinvergüenza: alguien que no siente vergüenza por su comportamiento vergonzoso.
Finalmente, señor Dívar, déjeme decirle que me importa un comino con quién come o cena usted, eso es parte de su vida privada pero que, precisamente, por ser privada, debiera usted costearla con sus ingresos privados y no cargarlos a la cuenta de todos, aunque a usted le parezca una minucia.
Espero que si usted llega a leer esta carta, comprenda que lo que yo siento es muy similar a lo que piensa un gran número de españoles y que su dimisión, lejos de deshonrarle, sería todo lo contrario, aunque cada día que pase le será más difícil justificarse. Como imagino que esta misiva nunca llegará a sus manos (o a sus ojos) he sumado mi firma a una petición pública para pedir su dimisión. No se lo tome a mal, no es nada personal, sólo es una cuestión moral.
Sin otro particular, reciba un cordial saludo,

lunes, junio 11, 2012

De olas y rocas completo


Este es el texto completo de la colaboración para el libro del 25 aniversario del Parque Natural Cabo de Gata-Níjar. Finalmente, este será el único lugar en el que se podrá leer la versión íntegra, pues para el libro la he tenido que recortar en casi 1.000 caracteres. Comienza un tanto poética, aunque al final, cuando hablo del futuro, la poesía deja su lugar al crudo realismo. Y, no, no es una casualidad. Espero que os guste, aunque se salga un poco de lo normal en este blog.

Recuerdo
Observar el mar desde el Mirador de las Sirenas. Un punto de referencia para visitantes y propios, una experiencia siempre distinta. Prefiero los días de viento, en los que las olas visten de espuma las rocas y el tímido Mediterráneo enseña las uñas. Entonces la imaginación vuela, se traslada sobre las crestas de esas olas varios siglos atrás y rememora los viajes de los primeros  marineros, tejiendo sueños con el poso de lecturas olvidadas y los recuerdos improbables de vidas pasadas. Unos comerciantes del Oriente que se lanzaron a este mar y lo convirtieron en el centro de la civilización. En días así el mar es más verdoso, abandona por unas horas el azul brillante y plácido de los veranos, y contribuye con su voracidad al modelado eterno del paisaje.
El paisaje: árido, duro, moldeado a golpe de mano por el hombre. Allí donde los recursos son escasos, la imaginación se pone a prueba. No es cierto que la civilización no pueda existir allí dónde no hay invierno. La civilización precisa de ingenio para sostenerse, y éste florece ante la adversidad. Se muscula cuando la vida está en juego, cuando la necesidad aprieta, cuando los problemas parecen insalvables. La búsqueda de soluciones para el mantenimiento de la ocupación territorial da forma a la naturaleza. En el Cabo de Gata-Níjar no se entiende el paisaje sin la historia natural, pero tampoco sin la historia humana.
De la costa al interior, el viaje por el parque es el viaje por el esfuerzo de sus gentes para adaptarse al exigente presente de cada instante. En las playas, las torres de vigilancia y los castillos nos hablan de momentos inseguros, momentos en los que el Mediterráneo era un campo de batalla y en ambas orillas se producían escaramuzas entre dos visiones irreconciliables del mundo. Las rampas, más modernas, cuentan historias de pescadores que se aventuraban más allá de los arrecifes para echar sus redes. Incluso, el puerto de San José y las viviendas que se multiplican en los núcleos habitados, son el reflejo de las presiones entre la sostenibilidad y el desarrollo del turismo, el nuevo maná que hace brotar los euros.
Montañas de sal se orean en paralelo al camino, a espaldas de los cientos de bañistas que se tuestan en la orilla. El mar se doma, se hace lago y es asesinado por el sol para obtener su alma. A nadie le importa, sólo algunos recuerdan el valor de la sal. Las aves, turistas del aire entre dos mundos, encuentran en las aguas domesticadas de las Salinas un refugio pasajero y se dejan fotografiar presumidas.
Rodalquilar, de corazón volcánico, también fue centro del maná, del maná dorado y valioso del oro, el metal precioso que conmueve al alma humana. El hombre horadó la tierra, arrancando terrones en busca de las briznas valiosas, creyendo haber vencido en la eterna guerra contra la escasez. Pero los sudores de los mineros no fueron suficiente pago para Vulcano, que finalmente se mostró rácano con las ilusiones de los mortales. Hoy, las estructuras silentes de la mina observan cómo se desarrolla a sus pies una nueva plegaria por la abundancia: vivir del paisaje. Amén.
Tierra adentro, donde los cortijos se tiñen de sangre un día de boda, el hombre vuelve a ser tenaz protagonista. Toneladas de piedras, de tierra y de esfuerzo dieron forma a una sorprendente colección de aterrazamientos que dulcificaron las pendientes creando escaleras de titanes para sembrarlas con granos de esperanza y trigo. El empeño otra vez era primario: había que comer. En esta ocasión se trataba de recomponer lo que la naturaleza había erosionado. Había que mantener la fertilidad del suelo, sujetando el propio suelo. Y para ello se fabricaron muros de mampostería, auténticos puzles de piedras, argamasa y anhelos. El fruto de estos escalones de pan se transmutaba en harina merced a los molinos que jalonan el parque. Máquinas antiguas, engranajes circulares que cazaban el viento –otra vez el viento– y lo transformaban en alimento, casi siempre escaso, siempre demasiado caro en sangre.
Luego, al volver una década, molinos y terrazas se transforman en estructuras de paredes transparentes. La tierra, de nuevo artificial, al abrigo de los plásticos ondulantes, oculta su tesoro verde y rojo. Ha sido el ingenio convertido en tecnología el nuevo motor de este renacer. La tierra ha resucitado para el hombre y obtiene al fin frutos que sacian el hambre y no la dejan a medias. El oro se ha hecho carne y ahora se llama tomate.

Esperanza
Un hilo secreto, fino hasta resultar escaso, hilvana los paisajes, los tiempos y los sueños. El agua que no se ve, el agua que apenas cae, el agua que corre por las ramblas secas arrastrando el espacio a su paso. La vida viene con ella; hombres, plantas y animales se adaptan a sus caprichos. Las plantas hunden sus raíces buscándola en las márgenes de las ramblas y los hombres la encuentran en sus pozos y la ahorran en los aljibes. El mapa se salpica de estructuras pensadas para racionalizarla y la vida se reorganiza para aprovecharla.
La gota de lluvia que cae se convierte en la esperanza de los vivos. Se animan los campillos con las amapolas y los seres que se arrastran tuercen el cuello para sentir en la boca la sensación extraña. Hasta el pino se arrastra por el suelo para buscar la bendita humedad.
La historia del Parque es la de sus gentes, pues sin ellas no se entiende; ni siquiera sería. Es una historia de coevolución, en la que homo, como una especie más, ha trasladado sus anhelos a la tierra para vivir de ella y sobre ella. Pero Sapiens tiene una capacidad única en el reino animal: crea tecnología, mecanismos y aparatos que son extensiones de sí mismo con las que modifica el entorno y lo adapta a sus necesidades y preferencias. No llueve, pero debajo de la tierra el tiempo y la porosidad de las piedras han dado lugar a tesoros escondidos que los humanos, tenaces y capaces, no han parado hasta descubrirlos. Sus pozos se han hecho más profundos y sus motores bombean la sangre vital de nuevo hacia la luz. Es un agua anciana, acumulada por siglos, enclaustrada en recovecos y grutas. Es un agua que nutre cultivos y turistas; un agua que se exporta.
La esperanza renace. Los paisajes, antes agrestes, extraños y malqueridos se convierten en tesoro. Gentes que vienen del frío valoran el mar casi primitivo; gentes cercanas que comienzan a ver belleza dónde antes sólo veían el fracaso humano al domesticar la tierra. Las historias de piratas, de mineros, de bodas sangrientas, de cine, de música, de luz encuentran oídos que las miman y que las hacen renacer a diario. El paisaje triste se mira con nuevos ojos y se encuentran colores y animales que antes simplemente no se veían.
El agua fósil alimenta los frutos que nacen bajo la protección del plástico calefactor. El Parque no es sólo la tierra que los sustenta, sino la marca que los vende. La vida encuentra subterfugios por los que respirar y todos miran al Cabo con devoción. Se ha convertido en postal.
La esperanza quiere proyectarse en el tiempo y convertirse en futuro. A tiempo está.

Futuro

El tiempo transcurre imperturbable. Nada ni nadie puede volver a vivir un mismo segundo, el presente repele al futuro y lo transforma continuamente en pasado.
Pero los sueños permanecen. Los restos de las hambres antiguas son memoria viva de un pueblo que recuerda. La Ley ha trazado una línea protectora, una línea que separa lo posible de lo ilegal y que asigna valores en consecuencia. Algunos se sienten afectados, porque las trabas son la norma y no pueden materializar sus deseos. Mi tierra es mía.
Sin embargo, el valor actual es, en gran medida, el resultado de esas hambres pasadas  que mantuvieron el entorno poco habitado. También lo es de las dificultades de acceso. El aislamiento que lastró el crecimiento de la economía en el pasado es hoy la principal fuente de valor. Cabo de Gata tiene lo que casi nadie posee: un espacio territorial y cultural particular, un litoral poco agredido, playas casi salvajes y caminos mágicos en los que belleza e imaginación pasean de la mano.
La paradoja del crecimiento es particularmente cruel. Si se altera su naturaleza con el desarrollo, perderá aquello que le da valor y que lo sustenta. ¿Podemos encontrar el equilibrio? El desarrollo sostenible es casi un oxímoron. El hombre moldeó el paisaje, queriendo hacerlo su aliado y lo renovó, lo convirtió en un valor cultural que la modernidad no sabía interpretar ni conservar. Los modos han cambiado, las herramientas son mejores y los límites se hacen más moldeables. En esta frontera entre lo posible y el deseo afloran las frustraciones. Los límites se interpretan como freno y los comportamientos se envilecen. La riqueza es el sueño de los pobres y, cuando ésta se adivina a las puertas, es complicado aportar razones. El agravio es patente: allí, al otro lado de la línea, todo es posible y todo sucede. Aquí, las promesas se han convertido en polvo, al otro lado son realidades. Aquí, a este lado, está prohibido lo que yo quiero, luego está prohibido todo. Se fuerzan y retuercen entonces los párrafos. Se buscan atajos o, directamente, se fuerzan los acontecimientos. Y, entonces, nace el conflicto.
Ya no son dos familias que se cruzan por culpa de amores desdichados. Son los que poseen y los que no; los que viven dentro de la línea y los que no, los que valoran el paisaje árido y los que no. Los que van allí a bañarse, los que pasean por sus senderos, los que admiran su naturaleza y los que sólo ven barreras.
La naturaleza, el alma humana y los años de olvido han erigido el monumento que ahora disfrutamos. Todos. Los de dentro y los de fuera. El Parque se ha transformado en símbolo, en lema. Almería se vende por el parque, sobre todo cuando hablamos de turismo. En un bien común soportado sobre los hombros de propietarios privados. Estamos obligados a conservarlo, pero, a diferencia de los elementos del patrimonio monumental, el territorio es también hábitat.
Buscar el equilibrio tal vez implique generar oportunidades, buscar la compensación a los que desde dentro se sienten oprimidos porque, en el fondo, ellos también son Parque. Buscar el equilibrio también significa un consumo más racional de recursos, dentro y fuera del Parque: la sobreexplotación es imposibilidad futura, una hipoteca para las próximas generaciones que nunca podrán devolver.
La economía es sólo una de las formas en la que los humanos se relacionan. Hoy es omnipresente porque la historia y la actual coyuntura la han ascendido al olimpo de nuestras preocupaciones. Ya hace 25 años de la creación del Parque y, si todo va bien, dentro de otros mil nuevas generaciones de almerienses, españoles y viajeros del mundo podrán seguir admirando sus paisajes, podrán fabricar sus propios recuerdos de arena, sal y piedra; de olas y rocas…

martes, junio 05, 2012

El cilantro y la locura, de F.J. Cortés

Francisco Cortés, el escritor magallánico: un hombre del renacimiento encerrado en una cabeza barroca; cultista, para más señas. Economía, sociología, literatura, música; ensayo o relato; prosa o poesía. Cualquier género es su género. Pero sólo hay un estilo.
Cortes nos ofrece este poemario lleno de sexos, mujeres, vientres hueros y películas de olas, que se pasean entre los versos con la misma profusión de los dos puntos. Es, tal vez, la ocasión que menos ha aparecido el cultista (aunque sigue ahí, agazapado para sorprendente a la vuelta de cualquier verso). Y así es capaz de ofrecer versos absolutamente mágicos como es el caso de Los insomnes, del que robo unos versos:

"El sueño empieza 
al dejar mi barca
en el silencio
de tu espalda:
Nada hay más abajo
de tu pies,
el finisterre de olas
amargas
rizando tus uñas"

Sin embargo, aunque en menos ocasiones que otras veces, el uso de adjetivos rebuscados emborrona el trabajo. Parece que le gustara perderse en la forma en lugar de enseñar del todo el alma a través del fondo. Y la poesía es más alma que cuerpo: más espíritu que materia. De vez en cuando se le olvida y tropezamos (tropieza) con el adjetivo traidor que rompe la magia. Y hay que volver a empezar.
Respecto al conjunto, aunque se que le han tachado de monotemático, en este caso que el hilo con que teje la madeja del libro, lo justifica. La locura está presente en todas las páginas. En este caso una locura lúbrica en la que la mujer (entera y por partes) se convierte en coprotagonista necesaria.
Quisiera leerle (tengo la suerte de tenerle próximo) algún día sin tanto artificio; dejándose ver la piel detrás de la coraza de palabras con la que se oculta. En ese momento, intuyo, aparecerá un poeta mucho más sencillo, pero infinitamente más profundo.

Quedo a la espera de su próxima colección de versos...

lunes, junio 04, 2012

La España de los 50, los think thank y la madre que nos parió a todos

El artículo de Fernández-Villaverde, Garicano y Santos en El País sobre la posible vuelta a la España de los 50 ha levantado una amplia polvareda. Algunos directamente han atacado a los firmantes desprestigiando sus argumentos al vincularlos al think thank de Fedea. Bien es cierto que los autores son redactores usuales de Nada es gratis, un completo blog sobre economía en el que se tratan, normalmente con rigor y claridad, una enorme variedad de temas, desde la política monetaria hasta el valor un buen profesor en la escuela. Éste ha sido el caso de Rafael Escudero en Eldiario.es, que ha considerado que están actuando como la voz de su amo, un amo neoliberal que quiere el triunfo absoluto del mercado sobre las personas. Un argumento pobre, fruto de no haber leído con detenimiento el susodicho blog, que presenta un amplio abanico de sensibilidades: hay neoliberalismo (es cierto), pero se pueden encontrar también argumentos muy ligados al institucionalismo o al keynesianismo. Por otra parte, no sería muy inteligente por parte de los firmantes dedicarse a escribir en uno de los diarios más importantes del ámbito nacional un escrito que pusiera en juego su prestigio académico (sí, el prestigio es un raro activo intangible que nos condiciona gravemente en lo que hacemos y en lo que decimos). En el mismo diario que Escudero, Roger Senserrich, argumenta de forma mucho más honesta.
Los firmantes del artículo que ha dado pie al reguero de opiniones y comentarios en otros medios, son profesores de instituciones académicas estadounidenses y británica muy prestigiosas del ámbito de la economía (y también son firmantes de algunas publicaciones de Fedea). Su argumento es relativamente sencillo. Dicho en román paladino, y para que todos lo entiendan: España está "petando". Y lo está haciendo, no por la perversa actuación de los mercados y las aviesas intenciones de Merkel, sino porque no hemos hecho en realidad los deberes. Su escenario probable, si la cosa sigue por este camino, es la ruptura del euro o nuestra salida del mismo, devaluación para recuperar competitividad y entrada en el infierno: quiebras en cadena por nuestra fuerte conexión con la economía mundial (las exportaciones se abaratarían, pero también se encarecerían las imoortaciones), ausencia de financiación internacional, ajuste duro presupuestario para lograrla y vuelta a una España que basaría su economía en el turismo y los bajos costes laborales, con un amplio sacrificio en términos de bienestar económico y social. Para evitarlo plantean la posibilidad de un gobierno de concentración nacional, con un buen número de técnicos cualificados al mando de los ministerios y, en lugar de amenazar con romper Europa, buscar una solución negociada de mucha más Europa.
Mis dos lectores asiduos (mi padre y un amigo despistado) ya saben que no hace mucho que yo he jugueteado con la idea de ponernos duros y amenazar con hundir el Titanic. No la olvido y la mantengo como estrategia para sentarnos a la mesa. A pesar de que Garicano y compañía dicen que no hemos hecho bien los deberes y que las reformas no han sido señales claras para el mercado, discrepo. Es posible que no hayan sido lo suficientemente profundas de cara a los mercados, pero lo cierto es que en el ámbito interno se consideran como las responsables del notorio aumento del sacrificio social que esta crisis está trayendo consigo. Nos hemos dejado en el camino la obra social de las Cajas de Ahorros, la sanidad universal, los ratios de calidad en la educación (adjunto estupendo gag de José Mota al respecto), parte de la renta y algunos años de jubilación...



Sin embargo, coincido con ellos en el síntoma y en la cura: esto está petando. Y la solución es, seguramente, más Europa. Pero, tanto si se trata de presionar, como si se trata de negociar, es preciso que España de una imagen de unidad que hasta ahora no ofrece. Ni los ciudadanos, ni nuestros socios europeos perciben un rumbo nítido en el país. Yo no pienso que sea necesario un nuevo gobierno que, por otra parte, sufriría un enorme desgaste fruto de las expectativas fracasadas (esta crisis va para largo). Además, al contrario de lo que ellos piensan, no es el momento de la economía, ahora más que nunca es el momento de la política, de la gran política. Y eso requiere de un tipo de persona del que parecen carecer los partidos. La peculiar fórmula de captación y ascenso de nuestra casta partidaria tiende a orillar a los que piensan en el largo plazo, a los que ven más allá de los 4 años y piensan en el futuro de la siguiente generación (sí, no lo he dicho pero creo que se entiende: carecemos de verdaderos estadistas). Ya me estoy yendo por las ramas, perdón. Tengamos estadistas o no, nos vendría bien un amplio consenso político, una hoja de ruta con los sacrificios que estamos dispuestos a realizar y las fronteras que no vamos a traspasar. Sería una especie de pactos de la Moncloa II, que se visualizarían con Gobierno y oposición yendo de la mano a Bruselas para hablar del futuro con nuestros socios y que permitiera a los ciudadanos tener un relato claro y unificado de su futuro.
Imagino que Senserrich atacaría mi argumento de la misma maneta que al de Garicano et al.: no es realista. Lo sé, no lo es, pero es necesario y al menos en mi calenturienta imaginación, factible. Una solución que venga dictada desde Europa, por el acuerdo entre Alemania y Francia sin la participación activa de los dolientes (o sea, nosotros) sería echar más leña al fuego del populismo atieuropeo y xenófobo, o simplemente, generaría la sensación de habernos convertido en un protectorado de la Comisión. Esta crisis es un verdadero tsunami que se está llevando por delante todo lo que pilla: o edificamos un dique de unidad política para aguantar la ola, o nos arrastrará tierra adentro devastando al tiempo todo aquello que tanto esfuerzo nos ha llevado construir.