Antes de nada debo aclarar una cosa: soy un llorica. Tengo la lágrima fácil: lloré cuando murió Chanquete, cuando murió la madre de Bambi y hasta en Buscando a Nemo. Y te digo esto porque durante el rato que me duró esta novela (literalmente, la leí del tirón) reí, lloré, volví a reír y terminé llenando de goterones la última página, y es posible que cualquier otro lector vea sensiblería donde yo veo emoción. El argumento es sencillo: el mundo visto a través de los ojos de un niño de 5 años muy especial. Se trata de una especia de viaje iniciático en el que el personaje (el mismo Vasconcelos) descubre la ternura. Y la encuentra allí donde menos la esperaba , porque las condiciones de partida no eran precisamente las mejores: una casa en la que los hijos mayores deben encargarse de los pequeños porque la madres siempre está trabajando y el padre se pasa el día sufriendo por estar en paro . El resultado es que creo que no he leído nada escrito con tanta ternura desde que me enfrenté, ...
Este país en el que vivo, a veces extraño, a veces entrañable, parece abocado desde los años 70 a una especie de maldición del cambio veloz. Primero hicimos, como cuenta José Luis García Delgado, la desagrarización de nuestra economía en tiempo récord, también cumplimentamos la transición de una forma acelerada y hasta exhacervada (hace poco teníamos la tasa de natalidad más baja del mundo). Y ahora nos hemos convertido en la sociedad más multiétnica de Europa, en apenas 15 años. ¿Que nos queda por ver? Corre, corre... Véase la noticia en IDEAL .
Vivimos tiempos extraños. Y, en los mercados financieros, más. En la tradición japonesa, los tres monos sabios evitan el mal ignorándolo fehacientemente. Así, Kikazaru se tapa las orejas para no oírlo, Mizaru se tapa los ojos para no verlo y Iwazaru se tapa la boca para no hablar del mal. Así parece que se están comportando los mercados financieros, no queriendo ver, oír ni hablar de todo lo que no encaja, de todo lo que va mal. Un puñado de pistas Una primera pista de que algo no funciona como debiera nos la da la coincidencia en el tiempo de cotizaciones récord del oro y de los índices bursátiles. El oro, hasta ahora, había actuado como un valor refugio, el lugar donde acudir cuando no hay certeza sobre los valores de los activos cotizados o cuando no somos capaces de visualizar la solvencia de los agentes, como pasó en 2008. Por tanto, no es normal que sus máximos históricos coincidan con valores récords en las bolsas de valores. Otra pista. Trump es para el orden mundial lo que El ...
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