Contando el modelo Almería en Bolivia hace 18 años

Foto: Dan Lundberg
Hace 18 años, en junio de 2001, fui invitado a impartir un módulo en un curso sobre el modelo de desarrollo agrario almeriense en la Universidad Andina Simón Bolivar de Sucre, Bolivia. Durante unas cuantas semanas estuve reflexionando sobre el modelo y preparando la documentación para aquel curso. De aquellas reflexiones sacó un documento que hoy, seguramente, hubiera escrito de otra forma y, desde luego, habría tenido algún capitulo más, para contar los 18 años que han transcurrido. También hoy describiría de otra manera el pasado; afortunadamente hoy sé más que en 2001, en parte gracias a la curiosidad, y en gran medida gracias a las investigaciones de algunas personas que han dedicado su tiempo y talento a describirnos algunos fenómenos curiosos.

Al final de esta entrada tenéis el enlace al documento por si vuestra curiosidad llega al punto de la obsesión. Pero antes, podéis leer el arranque del documento para que valoréis si merecerá la pena seguir adelante con la lectura...

Las condiciones de partida. Factores naturales, económicos y humanos.

Hace años, el hispanista británico Gerald Brenan escribía en su libro Al Sur de Granada las siguientes impresiones sobre el Campo de Dalías, en Almería:
“Al llegar a la carretera de la costa la visión que se me ofrecía era muy deprimente. Durante unos veinticinco kilómetros la ruta discurría en una línea perfectamente recta a través del desierto pedregoso, sin que se pudiera ver ni una casa ni un árbol en el camino en todo lo que abarcaba mi vista. Este desierto es conocido por el Campo de Dalías. Cuando lo vi por primera vez podía ser el Desierto de Sinaí”.
Hoy el paisaje es bien distinto. Los 25 kilómetros a los que se refería Brenan están sembrados de plástico por lo que, en días luminosos (que son la mayoría), pueden confundirse las ondulaciones del mar con las que produce el viento de Levante en las cubiertas de los invernaderos. La carretera, otrora camino a ninguna parte, es hoy una amplia cinta de asfalto con dos carriles en cada sentido, surcada por una pléyade de vehículos, de entre los que destacan los imponentes camiones que dan salida a las producciones del Campo.
Estos son los símbolos externos de una profunda transformación, de un viaje de medio siglo que ha llevado a esta provincia desde el último puesto español en renta per cápita a llenar miles de páginas ocupadas en describir, analizar y desmenuzar la portentosa metamorfosis, la revolución del plástico y las hortalizas. Interiormente, los cambios han sido aún más definitivos, como veremos en los próximos párrafos.
Nada es casual y, al mismo tiempo, todo  lo es. No trato tanto de establecer una paradoja borgiana como dogma, como de definir con las anteriores palabras una realidad económica que, al menos, en lo que hoy denominados como “milagro almeriense” –me gusta más nombrarlo como revolución transparente[1]– se cumple con meridiana claridad. El arranque de este tipo de agricultura inmerso en un tiempo cercano, pero que ha dado lugar, incluso, al nacimiento de mitos[2], fue organizado y planificado por el poder central a través de su Instituto Nacional de Colonización, con una estructura de parcelas reducidas (5 Has.); pero la confluencia en el tiempo y el espacio de una serie de factores permitieron que la iniciativa pública fuera rápidamente superada por la privada y que comenzara la revolución.



[1] Es revolución, puesto que ha supuesto una subversión del orden económico establecido con anterioridad al surgimiento de la agricultura intensiva; y es transparente, en el doble sentido de que ha repercutido en todos los órdenes de la vida en el marco provincial y en el que hace referencia a ésta cualidad del plástico.
[2] Por ejemplo, el nacimiento de la técnica del enarenado ha recibido diversas explicaciones, entre las que cabe destacar el hallazgo fortuito en la costa de Granada.


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