Desde las tripas hasta el Dow Jones
Es habitual encontrarse en los medios de comunicación occidentales el nombre de Donald Trump acompañado del adjetivo imprevisible, pero creo que cada vez es más evidente el patrón que hay detrás de su comportamiento. De ahí que los mercados financieros ya no respondan de inmediato cada vez que el personaje abre la boca: ya son capaces de predecir lo que va a pasar.
Lo primero que habría que destacar del anaranjado presidente estadounidense es que tiene un ego enorme, uno que se correlaciona con una imagen fastuosa de sí mismo. También cree que pasará a la historia como uno de los mejores presidentes de Estados Unidos, aunque, por si las moscas, está empeñado en dejar su nombre en todas partes: en un auditorio famoso, en una clase de destructores de la Marina o en el pasaporte de sus conciudadanos.
Extrema preferencia por la liquidez
Se considera a sí mismo un gran negociador, aunque su método de negociación es bastante evidente. Primero intenta lograr una posición ventajosa (contar con el mayor ejército del mundo es un buen comienzo) y luego amenaza, insulta y ofrece una posición maximalista, normalmente inaceptable para el otro. Eso le permite (o al menos eso cree) que el punto final negociado esté más cerca de sus posiciones que de las de los contrarios.
Otra de las particularidades de su carácter es la preferencia por el cortoplacismo. Si yo fuera un economista redicho añadiría que adolece de una extrema preferencia por la liquidez. Da la impresión de que no le gusta dedicar mucho tiempo a nada, tal vez solo a jugar al golf. Procura evitar los procesos complejos, que requieren tiempo y esfuerzos prolongados; o si no hay más remedio, presenta soluciones simples (o, mejor dicho, simplistas) que a lo sumo permiten ganar algo de tiempo, como su plan de paz para Gaza, cuya segunda fase aún no ha logrado poner en marcha.
Si yo fuera un economista redicho añadiría que adolece de una extrema preferencia por la liquidez
A su favor habría que señalar que Trump posee una enorme capacidad para tratar al público, sabe leer sus preocupaciones y sabe lanzar los mensajes precisos para atraer su atención. Cómo explicar si no que el votante de la América profunda haya comprado la idea de que él es el político que mejor le conoce y representa: un niño mimado, millonario y urbanita que pasó su juventud de fiesta en fiesta; en las antípodas vitales de la mayoría de la población. Nadie domina el relato en Estados Unidos como él, desviando la atención de sus fracasos o de sus marrones hacia cualquier otra dirección.
Si su presidencia fuera una guerra, Trump prefiere una sucesión de pequeñas escaramuzas victoriosas a una estrategia exitosa a largo plazo que conlleve el riesgo de perder alguna batalla. Esto no significa que no tenga una estrategia; la tiene y cada vez está más clara.
Una visión empresarial
Para esta segunda presidencia, Trump ha optado por rodearse de personas más leales y comprometidas ideológicamente que pragmáticas e inteligentes. No quería cometer el error de ver obstaculizada su agenda por burócratas temerosos de romper cosas que tienen difícil arreglo. ¿Y cuáles son las claves de esa agenda? La primera es que el Estado se entiende más como una empresa gobernada por un CEO y no como un sistema complejo de equilibrios que intenta limitar un poder excesivo por parte de cualquiera de sus instituciones. De ahí viene también la visión eminentemente transaccional de las relaciones internacionales. Se supone que otro de sus principios es el famoso America first, aunque este ya no parece tan sólido cuando interfiere con la posibilidad de acercar al presidente a pasar a la Historia (con mayúscula). Un tercero es socavar la supuesta agenda woke y globalista, que tiene múltiples vertientes; desde la eliminación de cualquier política favorecedora a minorías, hasta combatir contra las élites científicas y sus instituciones (mayoritariamente alineadas con el liberalismo y el progresismo). Derivado de estos dos últimos principios está el de «América (en realidad, Estados Unidos) para los americanos», que ha desatado la caza del inmigrante y un programa de deportaciones masivas.
La preferencia por el corto plazo y por las rápidas victorias tácticas ha marcado la forma de actuar de Trump durante su primer año de presidencia. Sus maneras de abusón se han visto en su batalla contra las principales universidades, a las que amenazó con recortar las subvenciones a los programas de investigación. Vuelven a quedar en evidencia en el reciente despido en pleno del Consejo Nacional de Ciencia. Unos ataques que le permiten vender pequeñas victorias sobre el mundo woke a su parroquia MAGA pero que dañan la capacidad científica del país a largo plazo, una de las principales claves que le ha permitido mantenerse como una superpotencia hegemónica. En contraposición, se apuesta todo a la carta de la inteligencia artificial.
Dicho rápido y sencillo, Trump toma sus decisiones con las tripas. Sus instintos primarios reinan sobre la reflexión y la mirada a largo plazo. El relato del New York Times de cómo se tomó la decisión de atacar a Irán cuando se encontraban en medio de una negociación, de ser cierto, ilustra bastante a las claras este extremo. La posibilidad de repetir un éxito como el de Venezuela, decapitando el régimen de una tacada, y ganarse un capítulo en los libros de historia le pudo sobre las advertencias de que el régimen iraní no era de la misma naturaleza que el venezolano.
Los límites de Trump
Pero hasta Trump tiene límites; y los suyos están muy relacionados con la lectura de los mercados. Cuando estos comenzaron a caer tras el «Día de la liberación», no tuvo problema en dar marcha atrás y cambiar la táctica. Ya tenía la foto, así que optó por imponer un arancel homogéneo y atizar la amenaza del cierre del mercado estadounidense para comenzar una ronda de negociaciones bilaterales. Hoy, el arancel medio del país norteamericano es muy superior al de abril de 2025.
A Trump le tiembla el pulso cuando las cosas le vienen mal dadas, no parece el tipo de persona que mantenga una posición contra viento y marea. Tienen razón quienes hablan del TACO (Trump siempre se acobarda). Con la guerra de Irán ha vuelto a ocurrir; el presidente ha pasado de amenazar con la destrucción de una civilización entera a conformarse con un bloqueo que parece ser una mejor opción que la artillería. Y me atrevo a afirmar que a medida que el precio del crudo se eleve, veremos un Trump mucho más dispuesto al acuerdo. El Dow Jones, el IPC y la cercanía de las elecciones de medio mandato juegan a favor de los líderes iraníes, a los que no les importa demasiado el sufrimiento de su población.
En este sentido, la UE haría bien en responder de forma contundente a la nueva amenaza de establecer un arancel del 25 % a los coches europeos. Si la respuesta europea es lo suficientemente rotunda como para lograr que los mercados estadounidenses se quejen, es mucho más probable que Trump de un paso atrás.
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